LA CITA EN BORGEs

Si Noam Chomsky no hubiese sido completamente Noam Chomsky, si su afán profundizador hubiera torcido el rumbo y, en vez de hacerse la pregunta famosa: "¿de qué manera se pueden generar infinitas oraciones (gramaticales) a partir de un número finito de elementos?", si en vez de esto hubiese contemplado extasiado la página del escritor, si esto hubiese sido así,

¿habría advertido que lo que reconocemos como inseparable del nombre del autor, aquella voz de la muda página tras la cual hallamos la compañía familiar de ese que el escritor fue al escribirla, esto es: el estilo, no es sino la suma de un determinado ordenamiento de las palabras y una determina selección léxica, es decir: la puesta en juego de una capacidad común a una buena cantidad de hablantes y escritores si no a la totalidad de estos, y que entonces el hecho de unir un nombre a una porción dada de lenguaje en uso es un mero accidente, ya que nada impedía ni impide que algún otro nombre se una a ella, que otro escriba y firme la misma página? Pero esto mismo incluso ya fue dicho. Sesenta y cinco años ha, Pierre Menard era inventado por Borges para repetir, a ciegas, líneas de Cervantes sobre la página. No por nada el autoplagio, ni por nada la cita omnipresente en Borges: nada nuevo puede decirse, detrás de cada línea es la literatura la que está, no el escritor. Es la Literatura la que escribe, parece decir Borges. Claro que el hecho de citar viene a contradecir todo lo dicho. Si ya no puede decirse nada nuevo es porque nunca fue posible hacerlo. Anclar en la persona de un autor el origen de un texto determinado es una petición de principio según la cual la contingente unión del texto y el autor se vuelve necesaria. Es rendirse ante la facilidad de un origen fraguado por la pereza y el vértigo, es cerrar los ojos ante el hecho de que lo que pesa sobre la página no es el Destino sino la mirada retrospectiva, la mirada que se complace en la irreversibilidad de un pasado que de no haber sido él mismo estremecería el suelo que se pisa. La omnipresencia de la cita, entonces, es contradictoria, en principio, porque la tesis es defendida a medias, porque se renuncia a llegar hasta las últimas consecuencias de esta. Si lo que se está escribiendo ya fue escrito o pudo escribirse en cualquier momento por cualquier autor, de modo que unirlo al nombre del que ahora lo escribe es un error, ¿por qué entonces unirlo al nombre del que lo escribió o pudo escribirlo antes?

     Decir que es la Literatura la que escribe es decir que la palabra no se encarna sino de modo accidental. Atribuir a un autor un pensamiento, una frase o una trama, atribuirle una serie de palabras, es colocarlo en el lugar de origen de esta. Hacer aparecer con una frecuencia a veces exasperante la cita a lo largo de un texto es hacer a la vez ambas cosas: dar a entender que la Literatura es simultáneamente personal e impersonal. Esa es la contradicción. Al señalar que antes de la escritura todo estaba escrito, la cita constante que hay en Borges se niega a sí misma. Si la escritura precede al autor no hay nombre que pueda estar unido a un texto. Entonces la paradoja: escribir es citar, repetir lo que ya estaba en la Literatura, la cita es ineludible pero, por otra parte, y por eso mismo, la cita no tiene razón de ser, no se puede unir a un autor lo que es patrimonio de la Literatura, no se puede ver en el autor el origen de lo que lo precede, la cita es también, por ende, imposible. 

     La Literatura, entonces, no tiene otro camino que el de disimular todas sus citas, el de camuflarlas bajo las apariencias de lo nuevo y lo distinto. Es una falsificadora constante, da lo de siempre diciendo dar otra cosa. Como no dispone de la cita recurre al plagio, se plagia a sí misma, incesantemente. Esta es la literatura imposible e inmutable que Borges promete pero cumple sólo a medias y de un modo inevitablemente contradictorio. La ironía de la vida no está en esto, sin embargo. Está en las ganancias que la viuda de Borges obtiene con la publicación de todas (que no son todas) las palabras que su difunto esposo escribió. Está en hacer valer como propio lo que se defendió como de nadie.