DOS INSISTENCIAS, UN ENCUENTRO

 

Pablo Picasso - Campesinos ItalianosHace algunos años leí y me obsesionó el famoso texto en el que Heidegger toma un poema de Hölderlin y reflexiona sobre la frase “poéticamente el hombre habita...” Heidegger indica allí que cuando el hombre y la mujer del campo trabajan la tierra, llega un momento en que levantan la mirada hasta el cielo, el cielo es nombrado por el filosofo en toda su extensión, inclusive religiosa. Dice que entonces, los labradores se dan cuenta, de esa distancia inconmensurable, de esa distancia que es una dimensión inabordable ... y agrega que para medirla, lo único que cuenta es hacer ademanes. Los ademanes en el vacío que tratan de medir la dimensión, son los ademanes de la poesía. Por eso “poéticamente el hombre habita la tierra.”

Esta reflexión me hizo pensar en una experiencia personal frente a la muerte de mi padre, a los siete años. Me dijeron que estaba en el cielo y esa distancia me produjo una sensación inconmensurable. Entre el cielo y yo, la distancia... el ademán: la poesía.

Interrogué a poetas, escritores, artistas que como yo en algún momento de la infancia y la adolescencia, hubiesen vivido una experiencia semejante y encontré una suerte de constante con variaciones.

No me interesan demasiado los personajes que carecen de la posibilidad de crear, que no son capaces de dar existencia a algo que no existía antes de su actividad creadora. Pienso, que uno de los grandes derechos del hombre que no está legitimado, es ese: el derecho a la creatividad como una actividad esencial al ser humano. Escribo novelas, siempre atravesadas por la vida artística.

Hay momentos en los que escribo y esta idea de la dimensión que asusta, que conmueve, que angustia, que paraliza, está presente y se repite en distintos personajes.

Así, por ejemplo, (y para dar cuenta de la primera insistencia) escribí en Letras Cardinales:

 

- ¿Vos no te vas a morir como el abuelo, no?

- No pienses en eso, la vida sigue. Tu abuela se murió de un espasmo cuando nací, y aquí estoy. – le contestó su madre.

A él le hubiera gustado ese día estar montado con su abuelo en “Elmejor”, arriando las vacas en el campo, hasta creyó escuchar la voz del abuelo diciéndole que apoye la cabeza en su hombro. Y pensó que si algo parecido volviera a pasar, prefería que el espasmo le tocase a él antes que a su madre porque sino iba a quedar solo.

Como vivían muy cerca, Eva lo llevaba por la tarde a jugar a la plaza. Una vez descubrió algo y preguntó que era. “un reloj de sol” dijo su madre. El reloj estaba sobre una columna. Había un cuadrante en el que se incrustaba el triángulo de bronce que hacía sombra sobre los arcos marcando las horas. Para llegar a verlo, había que traspasar una especie de balcón circular que lo protegía. A los chicos no les interesaba, para ellos la diversión era colgar las piernas de los caños que lo rodeaban. Siempre alguno estaba usando los caños como barras de deslizamiento, pasándose de un lado al otro, para adentro y para afuera del círculo. Él pasó entre los caños. Se apoyó en la columna para ver de cerca. El cuadrante tenía dibujos que no comprendió. En ese momento se acercaron dos hombres y señalaron la sombra en el cuadrante y miraron varias veces hacia el cielo. Entonces, él imaginó que el reloj venía del cielo, que allí lo había puesto el abuelo para enseñarle algo, el abuelo sabía muchas cosas y desde el cielo sabría más porque se ve todo. Seguramente ese era el reloj del tiempo que había en el cielo. Fue esa idea la que le provocó el primer espasmo. Sentía que la cabeza y el estómago se le iban del cuerpo. “Soy el hijo de Eva Muller” repitió, mirando al cielo.

Cuando volvió en sí estaba sentado sobre las lajas grises y apoyado sobre la columna blanca, lentamente, se puso de pie y se sentó en uno de los caños inferiores y colgando los brazos en el de arriba. Con la mirada pérdida, las pupilas fijas en las ramitas del pino y los labios apoyados sobre el caño de metal grueso y redondo que tenía gusto a hospital.

Desde esa tarde intentó repetir la experiencia. Volvía al reloj de la plaza. Pensaba en el cielo y trataba de caer en el vacío de ignorancia. El espasmo volvía y el decía su nombre y procedencia mirando hacia arriba. Se asustaba mucho, pero le encantaba sentir el vértigo de ese juego. Cuando creció, aquello fue perdiendo eficacia, pero no se rindió y se las ingenió para hacer más complejas sus ideas sobre el tema. Así, cuando iba a la plaza a jugar a la pelota, se sentaba en los caños a esperar el último rayo de sol y veía cómo desaparecía la sombra del cuadrante. “El tiempo está acabado”, se decía, “ya no hay horas, ni minutos, ni un instante más” y sentía el cuerpo húmedo de transpiración y se refrescaba la espalda apoyada sobre la columna. Cuando se iba, el tiempo se quedaba detenido en el reloj, era el tiempo innombrable, cercado, el tiempo de los vivos y los muertos, el tiempo que salía del cuadrante y que el triángulo de bronce no podía recuperar sin el sol.”

 

El cielo -el tiempo nos lo va aclarando- es un reflejo de nuestra propia dimensión humana. Humildemente enorme cuanto más humana. Cuanto antes llega la noción de esa dimensión a nuestra vida, alguna sensación de vacío, de ausencia, o desconocimiento aprendemos a  percibirnos en un estado fantástico, que no es en si el universo exterior, ni el cielo o su distancia, sino la propia dimensión humana, nuestra inmensa capacidad de ser en lo esencial: la posibilidad de crear. El ejemplo de la segunda insistencia esta un paso más acá; más cerca del susto al desconocimiento que al vacío, aunque está siempre en juego la dimensión:

 

La pequeña Maíza queda sola, distraída, haciendo risas y tirando hojas de helecho hacia el cielo; barriéndolas con los brazos y levantándolas con cuidado del piso, buscándolas entre el dibujo de los mosaicos. No quiere perder ninguna, quiere tenerlas a todas, que ninguna se le escape, muchas entre sus manos; que se vayan para arriba y le lluevan. Las tira, así, una y mil veces, como una bailarina, como un pájaro, como un viento. Junta, tira y su risa es todo el bullicio en el silencio de la tarde. “¡Levantó y tiró como una mariposa!”... “¡Cómo un hada!”... “¡Cómo una princesa!” “Y ahora..., ahora...,como la Hermana Aurora cuando le pide cosas a Dios... Y con aquel último salto, cae en el sillón de mimbre de Maese, acalorada y con las manos llenas de verdor. Abre los brazos y extenuada, tira su ofrenda y entiende de la inmensidad del cielo dónde los muertos galopan en caballos de humo, y un anciano de barbas sopla los cuatro vientos.

- Padre Nuestro que estás en los cielos... - piensa, aterrorizada, todavía con los brazos abiertos, tiesos y deja que el misterio ingrese en su cuerpecito y le enseñe la grandeza del Padre al que hay que temer. Ella insignificante frente a Él. La mente en blanco y...: “¡Abuela Feli! ¡Abuelita!” Pero no tiene voz para gritar y así, tan chica, siente piedad por sí misma.”

Nuestra catedral humana está construida desde hace mucho tiempo. Mucho más tiempo del que viven los hombres. Cuando hablo de la catedral humana, hablo del cuerpo impregnado de frases y voces lejanas, de vidas que desean que nosotros lleguemos a imprimir algo de lo que no pudo, en oportuna acción, ponerse en causa.

Dar cuenta de esto, en algún sentido tiene, a mi entender, la posibilidad no solamente de la experiencia que dicta que hay un saber hacer el oficio de la escritura sino algo más. Ese algo más, es tener la soltura plena de saber cual es la función ancestral que tiene la literatura. Y por eso hablo de dos insistencias sobre el vacío, o sobre la dimensión humana que desconocemos y el encuentro con otra cosa que, sin duda, se puede leer en el siguiente párrafo:

"Entre ellos hablan de los hermanos clasificándolos. Son cuatro tandas ordenadas a partir de los cuatro pares de gemelos que tuvo la bisabuela, de quién hay una fotografía en la que se la puede ver muy plácida. En realidad ella, que los parió, tiene una imagen menos remota que ese malón de hijos que le llevaron las pestes. La agrupación por nacimiento es, en la mayoría de los casos, coincidente con las causas de defunción: La fiebre, el tifus, la tuberculosis y otras. Hablar de sus veinte hermanos es la forma en que Maese y la abuela de Maíza organizan su mundo. Las cuatro "tandas" son como cuatro estaciones en el tiempo. A partir de ellas, recorren la historia como una autobiografía donde se sitúan todos los hechos importantes de la familia. Por supuesto que Maese le lleva algo de ventaja por ser el mayor de los 22. Pero ella se defiende desde un bastión inescrutable: "pero mamá me contó que en realidad..."

 

De escucharlos, nada más, Maíza va construyendo un caudal de mujeres y una tropilla de varones arquetípicos en su imaginación. Dotadas, ellas, de una mirada grandiosa y lenta, capaces de morir con dignidad y en silencio y los hombres tan valerosos y corajudos que la peste los vencía de un día para el otro, cayendo en el campo como el tronco de un árbol que se quiebra y se olvida. Ella no supo jamás si los de carne y hueso fueron realmente así, pero persisten en su interior los ecos de ese malón que hace sonar sobre la tierra los cascos de sus caballos y percibe el dorso de una mano fuerte, cuarteada, enrojecida por el frío, apretando las riendas en el espacio libertario de la pampa. Sugestivamente, ellas, son las de mirada múltiple y unívoca, que bajan los párpados despacio tocando el horizonte como quién puede tocar a todas las generaciones. Dolorosas y sabias; musicales, serenas, nobles, valientes como la risa. Todos, de alguna manera, viven dentro de Maíza, que los junta de a pedazos y como las hojas de helecho picadas en la infancia, las voces de Felicitas y Maese, en el patio de la tarde hacen en su cabeza ese matete de ideas primordiales: virtudes que cuando uno crece, lleva en el corazón aunque no cumpla, aunque no sepa, aunque la vida aterrorice y la muerte asuste. Ahí están ellos, en el centro de su ser como un bosque humano haciendo ruidos en el alma y dando luz munífica a las palabras. Ellos son el río que desborda pronósticos seculares; son los escalones por los que desciende la almohada; el sueño común como una rienda, como una soga en la que se encuentra atada a todos, volviéndola un nudo, en esa resurrección permanente que es la vida. Hoja de helecho picada en la infancia remota, espacio y condición de una lengua brava. Heraldos de banderas en el viento, donde se azota al león sanguinario y a la tortuga oscura; porque en la cama de la poligesta bisabuela, algo había ocurrido en una línea intermedia entre el Este luminoso y el Norte sombrío. Una cama hecha de vida y noche, un típico lugar donde todo comienza y finaliza, para volver a empezar. Y en el que las mujeres, tienen vientres húmedos y fértiles por contagio de la tierra que se deleita entre los ríos."

Articulos Relacionados