GEOGRAFIA DE UNA NINFA

 "Geografía de una ninfa" fue publicada este año (2014) en Contemporary Literary Horizon, revista de literatura dirigida por Daniel Dragomirescu y traducida al rumano "Geografia Unei Nimfe" por Violeta Florentina Baroana de la Universidad de Budapest.

 

Por Alejandra Mendé

Había terminado satisfactoriamente el dibujo de la oruga. Una especie llamativa, El Macaón. Fue fácil reconocer cada uno de sus anillos de pintas naranjas, negros y azulinos, tirar las primeras líneas y colorearla. Finalizado el dibujo  llené el fondo de la hoja con palabras. Grafismos que se columpiaban entre conceptos biológicos y literarios. Los primeros correspondientes a la especie y los segundos arrancados de una clasificación descriptiva.  Así, escribí: “en la vida, la importancia de los inicios, se refleja en el despliegue de esa vida y sus lazos”; la frase quedó escondida entre las características del género ornitóptero y el colorido esquema del cuerpo anillado y regordete.

Y  me lancé a dibujar la mariposa, saltando la fase crisálida, intenté con una línea, con otra, pero no podía terminar el boceto. Cada vez que me ponía a trabajar me interrogaba sobre la belleza e inmediatamente, me alejaba de la actividad y el trazado de la mariposa seguía inconcluso. Era por la época en que preparaba mi viaje a las ruinas de Tikal, en la selva guatemalteca.

Por aquellos días estaba leyendo Una habitación propia y otros ensayos de  Virginia Woolf. Y consideré el relato de la polilla en el cuarto. Antes debo decir que toca allí muchos temas que me ocupan. No por el interés de Woolf  en la pregunta sobre la muerte sino, por mi propio interés en destacar que esas vidas, que parecen tan insignificantes y que solemos pasar por alto como si fuéramos dioses, son el gesto sensible de la gigantomaquia que mueve nuestros hilos y que sólo algunos suelen comprender en su verdadera magnitud. 

Hay algo que, V.W. llama como la filosofía o idea que se urde en la escritura, como un patrón, al que estamos conectados y al que responden todos los seres humanos, como si el mundo entero fuera una obra de arte y nosotros parte de esa obra o como a mí me gustaría pensar, una pieza suelta unida.

Pero en el tiempo en el que yo estaba tratando de dibujar esa mariposa, tuve otra repercusión de esa lectura y fijé mi atención, en la opacidad de la polilla. Ella describe una polilla, que es al fin una mariposa, despojada, menos fascinante, más neutra; describe esa opacidad mejor  de lo que yo podía reflejar la belleza en un dibujo que no podía terminar de hacer y quedaba trunco una y otra vez.  

Luego pensé que esto no me ocurrió cuando dibujé la oruga. La oruga era opaca. Tal vez la opacidad de la polilla había impulsado a Woolf para desplegar ese escrito pleno de sencillez y genialidad.

¿Será que nos es más fácil representar lo que no nos parece tan bello? Y la pregunta quedó acumulándose con otros tantos interrogantes que han surgido en montones de reflexiones similares. Y que quedan siempre latentes en la memoria, porque no tuvieron respuesta. 

Aunque honestamente, en este caso ,  había una permanencia y de vez en cuando, la pregunta insistía junto con imágenes que volvían a la cuestión: ¿qué diferencias tenían, la polilla y la oruga, con respecto a la mariposa?. ¿por qué, algo opaco parece menos restrictivo para la creación que algo bello?  Como si los objetos humildes, oscuros, olvidados estuvieran cargados en sí, por un misterio mayor que en los brillantes, iluminados y presentes. Es que tal cual como lo plantea V.W, si un libro no es lo suficientemente sugestivo, aunque su contenido sea fuerte y rotundo, no será permeable al lector.

¿Qué sugiere la opacidad? ¿Qué insiste en el arte para que desde lo opaco y no desde la luz, la producción de una obra sea más sugestiva que otra?

Los primeros días en la selva de Guatemala, fueron extraños. El campamento estaba bien provisto y era bastante cómodo; sin embargo no me acostumbraba a los sonidos. Muy temprano, los monos aulladores comenzaban a gritar y por momentos, tenía la sensación de estar en medio de una pelea salvaje. Por otra parte, cuando salía, sentía el sonido de las ramas que se cortaban a los lados del sendero Maya, percibía las sombras y los movimientos de las hojas y todo me hacía estar alerta. El temor  convirtió mis ojos en dos cámaras de precisión, que me daban la posibilidad de observar lo que sucedía a mí alrededor. Fue así que pude ver sin proponérmelo, al Macaón trepando la rama, a la crisálida y a la mariposa,  de azul tornasolado, negro,  y alguna raya blanca o alguna mota roja. 

En las partes llanas, fuera de la zona selvática, el calor es insoportable y la piedra hace de nuestro trabajo un hervidero. El agua es imprescindible. De a poco, estar en la selva, se fue transformando en un placer físico. Los caminos sombríos, la piedra fresca, eran el contrapunto al sonido de los animales salvajes. Y a eso, se sumaban las mariposas pululando entre las flores y las matas. En esa realidad tampoco era la luz, sino lo sombrío. Era de la opacidad de la selva, de lo que más podía decir y no de aquella luminosidad abrazadora. El clima, en esa zona brillante, era dañino por el reflejo del sol en la piedra caliza que aumentaba  la densidad y el calor extremo. Todo eso contrapuesto a la selva sombría de los caminos mayas con escalones sobre los que me podía sentar y observar las enormes raíces  que subían intentando tapar los senderos que habíamos limpiado. 

Las veía volar por ahí, hermosas, en su espacio y me hacían pensar en la contradicción surgida de la lectura de V.W. Pero, aún así, no podía terminar el dibujo. Lo ensayaba una y otra vez, sin ninguna satisfacción, ni conformidad. El dibujo no reflejaría  jamás esos vuelos. En todo caso, si reflejaba algo,  era  mero vuelo humano desmembrado de la naturaleza. Vuelo que no tenía al punto, ninguna relación con la gracia de ver una y otra mariposa posada aquí un instante y luego verla partir velozmente, cruzándose,  batiendo las alas, escapando de la vista, sin mostrar su color hasta detenerse un segundo en la próxima fuente de polen. 

Aquellos arduos días de trabajo en Tikal, estudiando la escritura silábica de los glifos, supe que toda geografía y paisaje puede verse en cualquier soporte pero…. Pero, el clima, el clima es un dato del cuerpo y por lo tanto inapreciable para la vista, indescriptible en tanto cada cual lo va a sentir de diferente manera, acorde a un cuerpo subjetivado por la historia, la propia y la ancestral. 

Bajo aquellos soles y humedades, después de unos días se volvió natural buscar la espesura y me internaba en la selva para descansar y el cuerpo tomaba un estado, ahora, vegetal. Ya no era la vista y el oído alerta, sino la piel que se dejaba sumergir en la sombra fresca y el rostro apaciguado, quieto,  contemplativo, dejaba escapar los sonidos peligrosos para escuchar a los pájaros y al quetzal en la altura.

Estaba apurada por terminar los últimos registros, era mi último día en Tikal, cuando la vi posada sobre la piedra caliza, moviendo las alas con dificultad. Tomé la cantimplora, volqué un poco de agua y la cubrí del sol con unas ramas. Aún así, su vida se apagó al rato. No sé qué parte de la vida nos unió. Si existió entre nosotras una suerte de comunicación silenciosa. Si somos todos uno solo con la naturaleza. Era la misma mariposa del dibujo inconcluso, estaba allí, tiesa, bella, bellísima en su máscara quieta, recordándome algunos temas que escapan a lo cotidiano y que son esenciales, diría imprescindibles. 

 

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