EL ACTO DE ESCRIBIR NOVELA


A fuerza de querer escribir bien, en la insistencia de trabajar con el significante, la literatura hace tope. Cuando más busco la forma de expresar algo, más me alejo del sentido. Es decir, pierdo lo que intenté escribir. Por eso es interesante pensar antes, en lo que NO se va a decir. una frase que va a estar ahí, muda, como causa de escritura.

La escritura en sí, calla la oralidad.  El sonido se pierde, cuando ponemos en funcionamiento las combinatorias estéticas de la representación. Los tanteos son indispensables. Las idas y vueltas sobre los primeros párrafos que bordean eso de lo que NO vamos a hablar, eso que no se va a decir en el texto.

Una vez que esto está en marcha, la cuestión será sobre que línea, bajo que forma, en función de qué azar, con qué herramienta dibujar el encaje que cubra esa frase, ahora muda.

Todas estas opciones tienen que ver con la posición de la mirada. Así, si el texto se desarrolla en la superficie de la palabra, la posición a tomar es la de una mirada lineal que irá ganando amplitud en la medida en que se incluyan diversas representaciones al relato y esto determina que la adhesión de estas unidades va delimitando un plano. En el caso de optar por la profundidad, la forma se imprime en base a las coordenadas de cada representación en la línea del tiempo y el espacio.

Esto no influye en la calidad del texto, pero deja una sensación extraña, cierta ajenidad con la producción. Eso que parece “escrito por otro”.

Sin embargo, en el ejercicio cotidiano de trabajar con la palabra, esa distancia es la que provoca entusiasmo y deseo de seguir. Esto se debe a la generosa y provocativa estela que va dejando el texto para causar otros sentidos posibles. La re-lectura desconcierta por esa estela que nos muestra que el escrito resta de la vida. Hay que dejar un tiempo  para re - escribir. Ese tiempo es esencial, aplaca los miedos y permite  romper barreras. La retórica se levanta contra la falta de ingenio de los sentimientos, es el momento en el que se suprimen vaguedades y se suprime lo que no es esencial y esta tarea, es indispensable para que un texto tenga precisión.

En el inicio hay ciertas decisiones que tomar: si el trabajo se hará en la superficie de la palabra o en la profundidad del discurso; si la mirada será de oído absoluto en el afuera o estará replegada en los raptos de una conmemoración subjetiva; si aceptará dejarse llevar por el rimo vertiginoso de las pasiones primarias, o se engendrará sobre la base de una posición metafísica. También si esto se hará combinando opciones o eligiendo un modelo único. No obstante, cualquier decisión que se tome la cosa está ahí para que el texto sea alusivo o de ilusión. 

Si el texto se desarrolla en la superficie de la palabra, la posición a tomar es la de una mirada lineal que irá ganando amplitud en la medida en que se incluyan diversas representaciones al relato y esto determina que la adhesión de estas unidades va delimitando un plano.

En el caso de optar por la profundidad, la forma se imprime en base a las coordenadas de cada representación en la línea del tiempo y el espacio.

Si la mirada se planta como oído absoluto hacia el afuera la forma estará dada a partir de los vectores del discurso social que tocan la estética del autor. 

Por otra parte si la mirada se vuelve conmemorativa será necesario un montaje subjetivo que apele a las fugas del discurso histórico social. 

Cuando elegimos el ritmo vertiginoso de las pasiones primarias, la apoyatura necesaria será el sonido.

Por último la elección metafísica siempre será de una geometría triangular y sesgada con un criterio panóptico.

En cuanto a lo real: el texto será alusivo en el caso de bordear lo real sin pretensiones de anular su efecto y de ilusión en el caso de intentar velarlo, al erigirse como portador de pleno sentido. Esto último entraña teorías y creencias. Lo alusivo supone la perforación del texto y refleja, entonces, la fragmentación subjetiva; mientras que la ilusión se impone como identificación al significante, poca distancia del texto y refleja el ideal.

Estas formulas descriptivas de la actividad literaria, no desentrañan una cuestión, que el sujeto que escriba, sea absolutamente extraño al texto surgido de su propio acto, es un tema a investigar.  Porque, aunque lejano, lo implica íntimamente, a tal punto que frente a la extrañeza, lo hace suyo hasta el nombre. Esta realidad extimia funda al autor como firma y lo distancia inequívocamente del relato.  

Lo efectivamente extraño de la escritura es un pliegue esquivo a la consciencia del lector y del escritor. Se trata de la memoria colectiva que se despliega y suscribe al autor en nombre de la representación de una cultura, aunque más no sea de una comunidad de cuya lengua provienen silencios y mitologías.

El plano cultural en el texto es un recorte con vectores trazados por puntos de inflexión de la escritura, dónde anida como mandato un itinerario hilvanado, un plano estético de origen simbólico, que el autor no ha previsto: un recorrido ajeno y familiar, o mejor aún, un humanismo a situar.