ESCRITURA

CLASE VI. LA LITERATURA Y LAS OTRAS ÁREAS DEL CONOCIMIENTO.

ALE MENDÉ

 

El hipertexto entrecruza recorridos de experiencias y lecturas, dónde, la literatura se enlaza con diversas prácticas y con otras áreas de conocimiento.

En el marco de lo señalado en el capítulo anterior, el ensayo(g.6), se plantea como un género que convoca al genio en la lectura. ¿Por qué el ensayo? Para responder a esta pregunta tendríamos que remontarnos a los orígenes del género y enumerar algunas de sus características. Sabemos que quién uso por primera vez el término fue Montaigne, aunque su origen se remonta a la retórica, como género epidíctico (g.7), no obstante, nuestro interés es que podemos ubicar este género, entre la poesía y la didáctica.

En principio, son muchas las definiciones que intentan aproximarse a una caracterización precisa de ensayo. Hay que considerar que hasta la misma noción de género es fangosa en la actualidad (hoy se fusionan novela, poesía, ensayo y se hace más difícil su determinación). Nos queda, entonces, ver cuáles son y cómo funcionan algunas de las características desde el origen mismo del ensayo, con la expectativa de lograr un acercamiento. Y esto lo hacemos, menos en el afán de cierta precisión que de la apropiación y enriquecimiento de una posible construcción intertextual.

En consecuencia vamos a hablar de Montaigne que da por primera vez el nombre de ensayos a este tipo de escritos.

Montaigne, recibe en el seno de su hogar una formación específica en latín. Su padre se ocupa de inculcarle el latín, a tal punto que los tutores y asistentes cercanos a su educación, no debían hablarle en otra lengua. De esta forma Montaigne se familiariza con citas latinas y por eso sus ensayos, serán diversos escritos surgidos de estas citas o pensamientos y reflexiones de autores latinos. El uso que Montaigne hace de las citas latinas, en sus “Ensayos”[27], se ajusta de tal forma al texto, que aparecen como juicios propios que funcionan como el motor e impulso de sus reflexiones.

Tomemos nota de esta característica: las citas en el texto son el semblante de lecturas anteriores. Las citas, son pre-texto de las posteriores divagaciones del autor, es decir, son la manera de dar vuelo al placer de la lecto-escritura. El ensayista, pone en juego con creatividad literaria los discursos del conocimiento. Estas divagaciones de la ensayística, son siempre un ejercicio interesante de reflexión y pensamiento que anticipa nuevas miradas sobre el tema que desarrolla e ilumina y señala aspectos, en algunos casos no visualizados por la disciplina que trata el tema el tema del ensayo.

En el diccionario de la Real Academia aparecen dos acepciones de ensayo, en materia literaria, la primera como “escrito en el cual el autor desarrolla sus ideas sin necesidad de mostrar el aparato erudito” y la segunda como “género literario”.

El ensayo fue tomado inicialmente como un género menor dentro de la literatura. Se calificó como un texto que no trata en profundidad el tema sobre el que se escribe. Aunque, la definición que tomamos es la más actual y no habla de esta minusvalía del ensayo sino que por el contrario, especifica que no hay necesidad de “mostrar el aparato erudito” esto nos advierte de una existencia de erudición[28] previa al escrito (porque ya hemos trabajado sobre la lectura como base de toda escritura, incluso la escritura de pura expresión estética).

Pero ¿Por qué se señalaba falta de profundidad y cuáles fueron los cambios que permitieron una modificación en la caracterización del ensayo?

Sin duda, el siglo XX inauguró la preocupación sobre el discurso. De este hecho, se lleva todos los créditos el psicoanálisis. Es Freud quien al dar evidencia de la sobre-determinación, cuestiona en sí el aparato teórico racionalista y produce también modificaciones importantes en el acto literario. Recordemos, que la lectura es también, la herramienta específica del psicoanálisis. Todas las teorías de finales del siglo XX están atravesadas por el descubrimiento freudiano y se profundizan con el aporte de Saussure y Lacan, el psicoanálisis francés. De ahí que tomamos en cuenta las relaciones entre el psicoanálisis y la literatura, porque son muchos los aportes teóricos de un campo hacia el otro y viceversa, aunque ambas tengan independencia en sus fines y objetivos, hay que reconocer el cambio que produjo en el análisis del discurso, la filosofía y las ciencias del lenguaje.

Por otra parte, el ensayo y para ser precisos el “ensayo político”, es un género que está presente en los orígenes de nuestras letras e insiste, como producto de las condiciones históricas de nuestra realidad nacional. Desde sus comienzos las condiciones sociales latinoamericanas, subvierten y sublevan el panorama cultural de la periferia al centro. El furor de las plumas en los albores de la independencia, dieron una impronta particular a las letras latinoamericanas, de tal forma que el tema recurrente de la libertad, se transforma en lucha por la liberación. Esto le da a la literatura latinoamericana una fuerza propia y más vivificante que la del viejo mundo. El poder o el combate –dice Rolland Barthes-son los que producen los tipos más puros de escritura y en este sentido nuestra América encarna un estilo tremendo y agudo, cargado de compromiso y consciencia, en todos los períodos de su historia.

Por eso, literatura y política, es una relación establecida en el entramado ideológico de nuestro corpus literario. Y la presencia del ensayo político es de observación indispensable. Sin embargo, es bueno aclarar que no es por la presencia histórica del género en nuestras letras, que le damos importancia al ensayo, sino porque, el ensayo da cuenta de la lectura, de textos, contextos y lenguajes diversos de la realidad. En este sentido, el ensayo en el taller es una manifestación literaria de lectores que escriben sobre textos y temas de su preferencia o interés y es la vía regia para conocer e investigar contenidos que enlazan la literatura con otros campos del conocimiento.

En el ensayo, el autor no se posiciona en relación al personaje, sino que hace fluir un posicionamiento discursivo que en la mayoría de los textos suplanta el yo por el uno. El uno que llega con todo el acervo de la cultura; el uno de la historia, de la experiencia común y social, el uno entre nosotros.