ESCRITURA

CLASE IV. EL ESCRITOR, EL AUTOR Y/O LOS AUTORES PREDILECTOS.

ALE MENDÉ

En la base de toda escritura hay lecturas que van construyendo un camino singular por el que transita el lector, un recorrido que estimula su propio discurso y que se ajusta al ritmo particular de sus intereses.

Inicialmente una de las formas de acceder a la literatura, son las revistas y páginas especializadas. La investigación sobre el autor nos importa para contextualizar, comprender y tomar en cuenta sus influencias, aunque para nosotros no sea determinante su vida sino su obra. En este sentido, la lectura de entrevistas y aportes de revistas literarias ayudan a descubrir pertenencias literarias y vínculos con otros autores. Por estas influencias, uno o algunos pocos elegidos pueden ser disparadores de futuras lecturas y consolidar un itinerario de gustos, temas, obras y nombres para cada lector. En la diversidad llega el momento en el que cada lector/escritor, elige ese o aquel autor predilecto. (Del lat. prae, pre-, y dilectus, amado).1. adj. Preferido por amor o afecto especial.

Desde la esencia misma del concepto, se advierte la existencia de ciertas condiciones. Elegido por amor, por un afecto especial, el escritor predilecto es el autor del que una vez leído su primer libro, nos disparamos a buscar toda su obra. Como sucede con el mundo social, el vínculo que uno establece con los libros es muy similar al que establece con las personas. La infancia, nos trae personajes escritos por libros conocidos y en muchos casos amigos de nuestros mayores. Después nuestra biblioteca, sea esta material o virtual, tiene los anaqueles llenos de libros, algunos que dejamos por el camino, otros conocidos, otros más entrañables. Libros institucionales, que tienen cierta frialdad y están muy ordenados. Libros que son una fuente de conocimiento y a los que acudimos como referencia. Pero hay otros libros con los que establecemos una relación permanente y a los que acudimos cada vez con mayor avidez y necesidad, son aquellos que congenian con algo de nuestras pasiones, que agudizan nuestras propias inquietudes y nos sacuden el alma y nos sorprenden. Esos libros son los del autor o de los pocos autores predilectos. Son como los amigos más preciados, que soportan la narrativa de nuestras vivencias y les confieren un plus de revelación, de verdad y conmoción a nuestros pensamientos. Sobre ellos no hay que callar los efectos de un correlato de contradicciones afectivas con las que nos tenemos que ver. Se juega allí una lucha desesperada entre nuestro genio y el genio del autor que tanto nos brinda. Sus ideas concuerdan con las nuestras, como sus sentimientos, pero ay, están dichas con tal maestría que una suerte de humillación, nos toma desprevenidos. Es bueno sentirlo, siempre y cuando, lo suplantemos con la humildad del trabajo, con la exposición de nuestros errores y sobre todo con el compromiso de una lectura insistente sobre sus textos.

Una sugerencia interesante para afrontar la genialidad del otro, es saber de “lo genial” que nos habita. Dice Agamben que los latinos llamaban Genius al Dios al que todo hombre es confiado a partir de su nacimiento. A pesar de tener un rol similar al de los ángeles de la guarda, su presencia no nos está destinada a cuidados que nos aparten del mal, sino a ciertas cuestiones caprichosas que se manifiestan en ciertos momentos, en especial aquellos relacionados con la generación de algo nuevo y la invención de un personaje literario, mucho tiene que ver con eso. Porque a pesar de que Genius tenía que ver con la sexualidad y la vida, a él era consagrada la frente, no el pubis; y el gesto de llevarnos la mano a la frente, que hacemos casi sin darnos cuenta en los momentos de desconcierto, cuando nos parece casi que nos hemos olvidado de nosotros mismos, recuerda el gesto ritual del culto de Genius (unde venerantes deum tangimusfontem).[11]

y dado que este dios es, en cierto sentido, el más íntimo y propio, es necesario aplacarlo y mantenerlo propicio en todos los aspectos y en todos los momentos de la vida.

Esta personificación de la genialidad rescatada por Agamben, nos habla de una donación democrática venida de los cielos para instalarse de forma humana, muy humana, como extraña e íntima: Hay una locución latina que expresa maravillosamente la secreta relación que cada uno debe saber entablar con su propio Genius: indulgere Genio. A Genius es preciso condescender y abandonarse, a Genius debemos conceder todo aquello que nos pide, porque su exigencia es nuestra exigencia, su felicidad es nuestra felicidad. Aun si sus -¡nuestras!- exigencias puedan parecer poco razonables y caprichosas, es bueno aceptarlas sin discutir. Si, para escribir, tenemos -¡tiene él!- necesidad de ese papel amarillento, de esa lapicera especial, si necesitamos precisamente aquella luz mortecina que alumbra desde la izquierda, es inútil decirse que cualquier lapicera hace su trabajo, que todas las luces y todos los papeles son buenos. (…) no sirve de nada repetirse que son solamente manías, que es hora de ponerse más juiciosos. Genium suum defraudare, defraudar al propio genio, significa en latín entristecerse la vida, embrollarse a uno mismo. En definitiva, a todos y cada uno de nosotros el genio nos viene dado como el nombre, y sin duda, es un atributo bien dispuesto para el arte. Genius, que adviene al mundo con cada uno y que se queda para siempre en la medida que no actuemos en su contra, es una perfecta metáfora para comprender, que la empresa de la transmisión de la literatura y el arte, tiene el correlato de una obra individual y colectiva de alto contenido en el respeto de los antecedentes culturales y el desarrollo de la subjetividad.

Hay posiciones filosóficas, políticas, culturales, sentimentales que concuerdan con la subjetividad personal y grupal, esto surge por la práctica y por la forma específica de apropiación de cada uno y del conjunto con referencia a lo leído. Cada persona tiene su mundo propio y su propia mirada sobre el contexto, por eso, una de las tareas que resultan de por sí positivas para la promoción de la lectura, es encontrar materiales alternativos y adecuados a los diversos mundos de interés y estilo. En este sentido, no está de más, hacer una advertencia: es aberrante considerar que un lector accede a la lectura con libros menores como los de autoayuda. La buena literatura es el mejor comienzo y los lectores maduros, siempre agradecen la sugerencia generosa de quién los introdujo en la buena literatura.

La literatura es el centro de intercambio aunque ella tenga la característica de ser tan amplia en el relato de afectos y situaciones, tan conmovedora y decisiva en cuestiones anímicas, que la mayoría de las veces, el comentario o lectura de una buena novela, un ensayo, un libro de poesía, intervienen en cambios e intercambios subjetivos.

Y hay que decir, que los efectos de la buena literatura son más permanentes en la vida y tienen mayor efectividad que cualquier vacua receta de un libro de autoayuda.

Escribir literatura es concebir un camino en el universo literario, la lectura funda todo trabajo de escritura y desemboca en un saber - hacer con la palabra. Y, si la palabra es el mundo del hombre, entonces nuestro trabajo conduce a un saber-hacer en la vida.

Cuando nos embarcamos en la escritura, podemos inspirarnos en algunas frases poéticas que, a la manera de epígrafes, no solamente sirvan de estímulo, sino también como el impulso sustancial del texto. Recordemos que si bien, la expresión en el taller es libre, hay que ir pautando coordenadas precisas que obliguen y autoricen al escritor.

Al tensar el escrito, la frase poética, será un factor que ajuste la obra y ayude al ejercicio de configuración del texto. Con el tiempo será el autor quién produzca su propia frase muda, para bordear con palabras el silencio, y todas las formas de aludir y provocar.