ESCRITURA

CLASE XXVII. BREVÍSIMA HISTORIA DEL PERSONAJE NARRATIVO.

ALE MENDÉ

(prehistoria) El primer relato. Tal vez un relato pacificador de almas asustadas por el rayo y los truenos de una tormenta feroz. El primer relato en la voz de ...¿una mujer? ¿Una mujer que calma a su niño?

-Sí. ¿Por qué no?

Aquella noche en que el cielo parecía caer sobre unas pocas almas susurrantes ya de vocablos e interjecciones, algo había que decir, alguna explicación había que dar, que darse, para tranquilizar el cuerpo en la sosobra. Y ella dijo que el trueno era la ira de un gigante, que solo se iba a apaciguar con el ritmo de la voz como respuesta a una pregunta incontestable.

Y despúes o quizás antes, el interrogante de la muerte, llevó carmín al rosto pálido del cadaver, para hacer como que estuviese vivo, aún a sabiendas que ese cuerpo, ya no se iba a calentar. Allí quedó sacralizado el muerto con su máscara, sus objetos y después su nombre.

De aquellas prácticas tan lejanas y humanas, la máscara rígida convivió con las personas que la llevaban consigo, para dar cuenta de la vida de lo que había muerto, o de lo que ya no existía, o de lo que jamás existió.

(comienza la historia) Notablemente la idea se fue complejizando cada vez. Se complejizó tanto que en una pieza de arcilla marcada en cuneiforme, la primera autora conocida de toda la historia del mundo, llamada Enheduanna, grabó en el año 4300 a.C. para todas las generaciones venideras, los himnos a Inanna. Ella se unía por la noche a esa deidad lunática, como todo escritor con su personaje. Inanna, el primer personaje escrito del que tengamos conocimiento, está unido a la primera autora de toda la historia de la escritura. Autora y personaje, tienen el manto sagrado de las profesías y los conjuros que explican la existencia. De aquel comienzo la letra, el ritmo y el relato se hicieron marcas imprescindibles.

(Grecia clásica cuna de la literatura occidental) Hay danzas sobre la tierra apisonada de un espacio circular al que llaman orchesta. Hay cantos corales entre ellos un especie llamada ditirambo. Estamos en Grecia. Hace 2500 años. en los meses Gamellón y Elafebolión primavera y otoño respectivamente. Son los días en que en Atenas se honra a Dioniso Leneo o Dioniso Eleutero, según sea. Son las fiestas dionisíacas, que dan lugar a la tragedia y la comedia y con ambas a la “persona”. El cuerpo se olvida y somos máscara, semblantes, pura invención y aunque en materia de literatura, se encuentre la persona bien separada del personaje, el autor siempre sabe cuan permeable es ese límite. Del carmín a la máscara, han pasado siglos y otros más habran de pasar para que el personaje de máscara rígida, necesite solamente un detalle o un gesto de representación.

(Los caballeros, el medioevo) Los caballeros hidalgos forjaron su personalidad con algún elemento determinante. Es la espada tajador del Cid y no su carácter lo que forma su estampa. Pero de todos los autores de entonces, es Shakespeare el que nutrió a sus personajes de sí mismos. Son sus personajes los que empezaron a hablar desde su mismidad, liberandose del autor para buscar su propio destino.

Para que la bondad exista ha de existir el castigo. Al infierno y al cielo, Dante agrega el lugar dónde las almas están en el limbo entre un lugar y otro a la espera. La historia tiene su lazarillo: Virgilio. También el ideal de mujer: Beatrice. Sin embargo es el barquero el que propicia el viaje y el autor que le da al catecismo la idea del purgatorio.

(La modernidad) Pero al español, Cervantes le dio un personaje, que en aquel lugar de la Mancha, dio comienzo a un género incomparable para pensar la esencia del hombre. El Quijote inició y dio curso a la novela. Un género que sale a buscar al lector para cuestionar la literatura, el contexto y la época. Una historia, un recorrido, el camino de un personaje que interroga su tiempo y salta al porvenir. Desde entonces, por cierto, los personajes hablan entre sí, nos muestran su contexto, su extranjerismo histórico, sus aspiraciones. Personajes circulares, complicados que andan buscando pasillos por dónde escapar de la sociedad, de su tiempo. Personajes lineales que recorren la vida de un punto a otro, con leves sobresaltos de entendimiento. Todos ellos forman parte de nuestros recuerdos y están inscriptos en la lengua eternos, no perecederos, porque desde su creación comparten la vida de todas las generaciones, haciéndonos recordar que la vida está llena de vicisitudes, injusticias y vindicaciones.

(Racionalismo y romanticismo) Los personajes razonan, se llenan de luz, investigan, exploran y la literatura va con ellos a buscar hipótesis y descripción extensa. Hacen viajes de estudio, analizan costumbres, son personajes de laboratorio y llenan la lengua de neologismos, tales son que el cultivo, se vuelve culto y el autor culturalista. El personaje barroco es por fin cuestionado por otro que se nutre de las almas bellas y del amor cortés. Así dan los personajes del romanticismo, pueden morir de amor si es necesario, o por sus ideales, o por un trágico destino que prefigura el malestar de su estadía en un mundo que no le satisface. Es un personaje intimista, que cuestiona su sociedad y su contexto.

(Surrealismo y el siglo XX) Pero una vez cuestionada aquella realidad, también el personaje puesto en el lugar del bien, del ideal, es rápidamente arrastrado por otros intereses y se advierte el futuro, el tiempo en el que tarde o temprano, los personajes serán pasibles de pasar una temporada en el infierno, de mostrar en su afán cuestionador e intimo, que la virtud es el reverso del vicio. El siglo XX será la manifestación más acabada de un contexto perverso. La guerra muestra el reverso de la máscara en el más alto y grave de sus contenidos, el militarismo, la muerte, la perversión y el terror. El mundo se parte en dos, queda barrado.

(el personaje en las partes sueltas de la trama) Poco a poco las palabras se desvanecen y el juego teatral o novelesco cambia de rumbo. Las vanguardias hacen estallar la vida en más de una mirada y en los más variados destinos que se complejizan hasta hoy, los personajes son máscaras partidas que nos muestran fragmentos luminosos o terribles de nuestra identidad o de la realidad histórica en la que nos toca reinvertanos o inventar nuevas máscaras.