ESCRITURA

CLASE XIV. LA ESCRITURA EXPRESIVA Y LA PALABRA COMO MATERIAL.

ALE MENDÉ

El ejercicio de la escritura expresiva nos confronta con palabra como material de elaboración, construcción estética y pensamiento crítico.

En la experiencia de taller y a partir de las consignas, hemos puesto en escena, la dificultad que presenta el material con el que trabajamos: la palabra.

Las dificultades en la producción literaria - tanto en la visión estructural como puntual- muestran a la palabra como material. Todo material creativo hace límite a la imaginación del autor, a la fluidez expresiva. Tal como la piedra o el mármol se resisten al trabajo del escultor que quiere realizar lo que ha esbozado, así también, la palabra, contrapone al escritor sus duras aristas.

La resolución de nudos y la forma en que cada autor se manifiesta en el desenlace dan cuenta de la imposición del material. Es en este sentido que la mirada crítica sobre el escrito, ayuda a desentrañar y resolver las dificultades en el texto.

La palabra impone, al escritor igual límite, que impone al artista todo material en bruto. La imaginación no es suficiente para la realización estética y el oficio aporta el condimento necesario para la libertad real de la escritura.

Lo que concebimos para decir o expresar en una obra de arte, no se plasma fácil, no es soplar y hacer botellas, requiere acumulación y reducción del material, movimientos determinados, influencias y reflexiones propias.

Entre el proyecto de lo que queremos expresar y lo que realmente queda, interviene la palabra como límite y transformación de la idea original.

En este juego que se da entre el escritor, el material y la idea de lo que se bosqueja se construye una concepción estética.

Este juego impone por un lado el fracaso del autor en la realización global del proyecto, ya que algunas partes no son posibles de efectuar.

Sin embargo, así como hay partes donde se fracasa, también es en el fracaso dónde el vuelo del autor/artista, prosigue y origina nuevas formas y ritmos.

De esta manera se da esa peculiar reciprocidad, entre el autor que legitima la obra, con su estilo y la obra que legitima al autor en su manifestación creativa.

La obra transforma a la materia y al autor que tuvo la determinación de jugar en el borde con ciertas aristas y no con otras.

Esta elección lleva su marca y lo marca. Una ley propia, con la que el artista ordena y concibe el mundo.

Por eso todo artista es una anarquista en acto, ya que se rige por una mirada oblicua de la realidad y legitima otras perspectivas que siempre revolucionan algún aspecto de la actividad humana. El arte es “trabajo no enajenado” por excelencia. El arte es, así, un motor permanente de liberación.

“¿En qué consiste, entonces, la enajenación del trabajo?

Primeramente en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. (...) Pertenece a otro, es la pérdida de sí mismo.

De esto resulta que el hombre (el trabajador) sólo se siente libre en sus funciones animales, en el comer, beber, engendrar, y todo lo más en aquello que toca a la habitación y al atavío, y en cambio en sus funciones humanas se siente como animal.

Marx Carlos – El trabajo enajenado[21]

Es evidente, que hacer literatura, (como todo arte), es un trabajo con características muy distintas a las que describe Marx como “Trabajo enajenado”. La diferencia fundamental, justamente, parte de esta relación del autor con el material artístico, que en el caso puntual de la literatura, es la palabra. En la medida en que la palabra presenta dificultades a la idea preconcebida y el autor sortea estas dificultades, desarrolla una libre energía física y espiritual, debido a que construye desde allí una normativa que va a ser propia de la obra y de sí.

La normativa del artista es absolutamente subjetiva. El escritor/artista sabe hacer jugar la materia hasta cierto límite, pone en escena otros movimientos creativos y al mismo tiempo genera una forma, una perspectiva de mirar el mundo y la inclinación a modificar o poner en causa lo que percibe. Esta normativa intrínseca al acto creativo, se produce por la consciencia del autor que decide legitimar su producción. Es decir, que consciente de las aristas con las que se topa, deja fluir las formas posibles o irrumpe en cortes transformadores para jugar su juego en el compendio general de la literatura.

La escritura expresiva, como todo arte, puede incidir positivamente en la autonomía personal y por lo tanto en la formación de ciudadanos con pensamiento crítico. La creatividad, el arte como ejercicio, produce independencia de criterios y funda el derecho propio a la libertad de tomar decisiones sobre cómo y qué desea transformar y manifestar de sí, con su arte.

En definitiva, conscientes de la necesidad del arte, de la importancia que tiene la transmisión del saber-hacer del arte y de los efectos que esta transmisión tiene para el ejercicio de la imaginación y la lectura crítica de la realidad, se puede comprender que la creatividad, debiera ser un derecho de todos los ciudadanos y que la tarea de quienes extienden este saber tiene profundas resonancias y un rol determinante en la formación de nuevos dirigentes. Una formación en sentido democrático, libre y de autonomía crítica para todo texto, pero principalmente, para los contextos subjetivos propios, regionales, locales, políticos, culturales y sociales en todo tipo de lenguaje y manifestación simbólica.