APUNTES ALREDEDOR DE LA LITERATURA Y LA INSTITUCIÓN ESCOLAR

 

Llegaron los ex Torneos Bonaerenses, que ahora –a pesar de qué miro el reglamento que me dieron para trabajar con los alumnos- poseen una nueva nominación que no logro encontrar. Es un momento extraño, porque repentinamente los docentes de Lengua y Literatura nos convertimos en “artistas” que debemos hacer que los alumnos produzcan “artefactos [1] literarios”. La palabra “extraño” es apropiada, ya que en la materia (área o cómo se la defina después de tantos cambios curriculares) no es contemplada como una disciplina artística; es más, no se encuentra dentro de la estructura vertical de Jefaturas (creo que esto es así en todo el país, no sólo en la Provincia de Buenos Aires) que correspondan a ella, como pueden ser plástica, música o danza. ¿No es una contradicción? Pero toda consecuencia tiene una historia…

Hace años que se viene haciendo hincapié en la enseñanza de la Lengua Instrumental, que se viene “devaluando” al texto literario cayendo en análisis morales o pedagógicos de la Literatura (colecciones de editoriales que promueven “enseñanza en valores”, “para respetar las diferencias”, “autoestima”, etc.). Este recorrido tiene, a mi entender, fuertes raíces en las propuestas de enseñanza de gobiernos autoritarios a los que los siguieron otros fuertemente utilitarios: tanto en unos (gobierno militar) como en otros (menemismo) la Literatura fue arrancada de su especificidad.

En este tiempo se habló mucho sobre los saberes previos, sobre la importancia de recuperar la propia cultura, sin embargo, la escuela sólo se comportó como un mecanismo más de reproducción y no de creación, porque la creación requiere de la singularidad (del “aura” a la que hacía referencia Walter Benjamin, y no en un sentido elitista) y no de la homogeneización. ¡Cuánto más rico sería recuperar esto último! Comprender que el Arte nos posibilita pensar, emocionarnos, crear. La lógica capitalista no tolera esa “aparente inutilidad del Arte” que trasciende los fines inmediatos y hace agua los pragmatismos. Oscar Wilde decía que la vida imita al arte. En este sentido Borges va a decir: “ …los sustantivos se los inventamos a la realidad. Palpamos un redondel, vemos un montoncito de luz color de madrugada, un cosquilleo nos alegra la boca, y mentimos que esas tres cosas heterogéneas son una sola y que se llama naranja. (…)Todo sustantivo es abreviatura. En lugar de contar frío, filoso, hiriente, inquebrantable, brillador, puntiagudo, enunciamos puñal….[2]

Hasta acá sólo una introducción a un texto de Graciela Montes que deseaba compartir con los lectores. Considero que con mucha lucidez interpreta lo que acabo de decir, sobre todo en lo referido a cómo la Literatura favorece el “pensar distinto de”, y eso, en una sociedad que busca recomponerse desde una identidad diferencial y desde el respeto, no es poca cosa. 

LA DOMESTICACIÓN DE LA LITERATURA[3]

Por Graciela Montes

El discurso literario cometía el pecado inexcusable de ser otro, de ser diferente. Parecía, para una mirada poco atenta, una especie demasiado silvestre, casi anímica. Pero sólo para una mirada poco atenta, claro está, porque el discurso literario tiene sus reglas y sus rigores, su coherencia (…) Pero, en fin, otras reglas.

Ahí es cuando se inicia una desesperada domesticación o escolarización que, a mi modo de ver, no le hace bien a la literatura, y mucho menos a la escuela.

La literatura parecía demasiado variada, demasiado peculiar, difícil de controlar y de clasificar; sus efectos no resultaban evaluables a simple vista y tampoco sus objetivos eran formulables por anticipado. En una palabra, producía asombro y goce, pero también perplejidad y junto con la perplejidad, el deseo de curvar lo rectilíneo o de rectificar lo curvado, para volver al mito de nuestros inicios, el deseo irrefrenable de control sobre lo diferente (…)

Para comenzar ¿por qué tolerar la diversidad de libros que se apiñan en las bibliotecas, unos flacos, otros gordos, chicos, grandes, cuadrados, rectangulares, con dibujos, sin dibujos, con colores, sin colores, con un tipo de letra o con otro, en fin, heterogéneos? Y un paso más adelante, ¿por qué no “seleccionar” y “clasificar”, ordenando por edades, por ejemplo? Otro paso más y se podrá recurrir a una agrupación temática: todos los cuentos que tratan cierta cuestión , juntos, para que no haya errores de interpretación, y de ahí el aprovechamiento directo como ejemplo o motivación de una unidad del currículo con medio pasito alcanza (…)

Lo cierto es que ese texto literario domesticado ya no funciona como texto literario, ha sido instrumentado y ahora tiene otros fines.

Para colmos existe a veces una tendencia desde la propia escritura literaria a escolarizarse y domesticarse, plegándose y mimetizándose con el universo escolar, facilitantdo “didácticamente” la lectura, cediendo al oportunismo temático.

La “psicologización” de la literatura, aunque desde otro ángulo, también apunta a la domesticación del texto (…)

En todos los casos hay una suerte de desactivación (…)

Del mismo modo, la homogeneización, el control, la selección, el agrupamiento y la catalogación, así como los esfuerzos excesivos por facilitar, explicar y evaluar paso a paso la comprensión, dirigiendo la lectura –que no son malos en sí mismos y que incluso son recomendables- sí resultan negativos cuando ocupan todo el espacio (una vez más la cuestión del totalitarismo) y no dejan resquicio para una construcción natural del lector(…) Ya nadie duda hoy de que no percibimos signos sino constelaciones de signos y de las significaciones se construyen mediante múltiples indicios… (…)

Como los caminos que recorre un lector son siempre privados, y quedan muchas veces ocultos es difícil para muchos confiar en que con sólo leer se crece como lector, en que es leyendo literatura como se entrena uno en leer literatura y se va volviendo cada vez más astuto y va viendo cada vez mejor qué es lo que puede uno esperar de la literatura y lo que la literatura espera de uno[4]

           

 



[1] La palabra “artefacto” fue escogida intencionalmente, pensando en los formalistas rusos.
[2] Borges, JL: “El tamaño de mi esperanza”. Seix Barral Biblioteca Breve. Buenos Aires. 1993.
[3] Montes, G. y otros: “Libros y lectores I”. Colección Relecturas;  Lugar Editorial. Buenos Aires. 2001
[4] El subrayado es mío