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VI LA COCINA DEL HUMOR RECETAS – COLORES – SABORES TRAS LAS HUELLAS DE UN GRANDE: ROBERTO FONTANARROSA

 (Entrevista a su viuda, Gabriela Mahy)

Estoy  en el piso donde vivió el Negro. En el palier, al salir del ascensor, me enfrento con un gran póster que representa al Corto Maltés. Una vez adentro, me deslumbra la vista panorámica del río Paraná a través de los ventanales. Cuántas veces se habrán deleitado los ojos del artista con este espectáculo… Estaba tan enamorado de su Rosario natal que nunca quiso vivir en otra parte.

Con emoción visito su estudio, donde me parece verlo trabajar todavía: la gran biblioteca meticulosamente ordenada; las dos sillas, una frente a la computadora – que el Negro usaba sólo para escribir sus textos, pues prefería dibujar a mano –, la otra frente al escritorio; una gran estantería con sus originales encarpetados y prolijamente etiquetados; algunas fotos: con su esposa Gabriela, con Serrat – a quien lo unía una gran amistad – con el dibujante Crist, y la de un equipo de fútbol que integraba su padre.

Tres máscaras zoomorfas del carnaval de Barranquilla  ponen una nota exótica en el estar, donde nos instalamos a charlar Gabriela y yo. Delgada, de rasgos delicados, de apariencia frágil, muy femenina, la que fue segunda mujer del Negro habla con suavidad, pausadamente, sin notas discordantes.

-¿ Qué era el humor para Fontanarrosa?

Era su función en la vida, había nacido para hacer reír, sentía placer con eso y era muy gratificante para él el cariño que despertaba en la gente. Solía decir: Yo tengo una profesión privilegiada. Porque a un futbolista, si es de Central,  lo odian los de Newells y, si es de Newells, lo odian los de Central. Pero ¿quién me puede odiar a mí…? Al que no le gusta lo que escribo, no me lee, me ignora pero no me odia. Y aquellos a quienes les gusta lo que hago, como los divierto, me quieren. El Negro generaba pasiones en la gente, lo conocían en Colombia, en Ecuador… Fue invitado en varias ocasiones al Festival Internacional de las Artes de Barranquilla. Cuando viajábamos a Colombia, parábamos en la casa del escritor colombiano Daniel Samper Pizarro, en Cartagena.

-En sus cuentos y novelas Fontanarrosa describe diversos lugares del mundo, ¿los conocía por haber viajado mucho, o inventaba?

Cuando no sabía, inventaba. No conocía Oriente, por ejemplo, pero tiene un cuento que habla de Katmandú donde nunca estuvo; él sentía admiración por esa cultura y tenía mucho material de consulta, libros de todo tipo, trabajaba mucho con su biblioteca.

-¿Tenía autores favoritos?

   Le gustaba la literatura latinoamericana y, sobre el final, prefería las biografías y las autobiografías. Pero leía de todo.

-¿La actitud humorística era innata en el Negro?

 

    Totalmente, y eso lo sacó sobre todo de la madre. Pero recuerdo que decía: Yo admiro a los escritores que dicen tener una musa. La mía, como la de Serrat, siempre está de vacaciones. Yo tengo que levantarme y ponerme a trabajar.

-¿Cuándo comenzó con el humor?

Empezó dibujando. Trabajó en una agencia de publicidad cuando dejó de estudiar en el Politécnico; a él no le gustaba el dibujo técnico y las matemáticas lo volvían loco, en cuestión de números no retenía ni el de su documento de identidad, decía que las matemáticas no sirven para nada.

-    ¿Cómo era su ritmo de trabajo?

Era muy trabajador, en los últimos años tuvo un asistente. Siguió trabajando hasta una semana antes de morir.

-   El talento de Fontanarrosa era polifacético: escribió sobre el fútbol, produjo historietas, cuentos, novelas…

Y tiene lectores para cada cosa: están los que van a los libros que tratan de fútbol, está la gente que lo seguía todos los días en Clarín… Pero su género favorito era el cuento. Decía que le había costado mucho escribir sus novelas.

-    ¿Reconocía influencias en su estilo?

Solía decir que no hay nada nuevo por hacer, que todo está hecho. Admiraba mucho a Oesterheld.

-¿Cómo era el carácter del Negro?

Fundamentalmente introvertido, nada que ver con el tipo histriónico que está haciendo reír todo el tiempo. Pero tenía la genialidad de hacer comentarios sobre las cosas, que terminaban por hacernos reír. Los dos teníamos esa tendencia a la risa. Para él no había nada mejor que reír. Era muy tolerante en la cotidianeidad, muy amable, incapaz de tratar mal a un periodista, aunque se pusiera pesadísimo. Tenía mucho respeto por su público y daba su autógrafo con placer. A veces yo era la que me enojaba, porque llegaba un momento que…¡ya basta! Cuando lo veía agotado, era yo quien decía Bueno, muchachos, ya. Pero el Negro era incapaz de poner límites en la vida.

-¿Siempre fue futbolero?

El futbol era fundamental en su vida. Cuando le preguntaban qué le hubiera gustado ser, contestaba futbolista. Yo escribo porque soy un futbolista frustrado, decía. Y si le preguntaban cuál había sido su problema, contestaba: Tengo dos problemas: uno es la pierna derecha, el otro, la izquierda. Soy patadura. Pero siempre siguió jugando, era su programa sagrado de los sábados al mediodía, una de las cosas que más disfrutaba, y lo hizo  hasta que empezó a tener serios problemas para caminar. Cuando empezó a avanzar su enfermedad, lo pusieron en el arco y después de árbitro, con el silbato. El partido del sábado era su ilusión de toda la semana. Jugaba en el club Universitario donde tenía un grupo de viejos amigos.

-¿Y los muchachos de la barra del Cairo?

Durante muchos años esos encuentros nutrieron su literatura, de ahí sacó muchas historias. Pero en ese grupo se hablaba sólo de fútbol y mujeres. Con ellos había camaradería, más que amistad.

-Mencionaste que era muy amigo de Serrat…

Sí, creo que se conocieron en el 75 en España, se engancharon con el tema del fútbol y después, cada vez que Serrat venía a la Argentina, nos encontrábamos. Se apreciaban mucho y Serrat estuvo muy cerca el último tiempo, llamaba todas las semanas y hablaba conmigo cuando el Negro ya no podía hablar.

También lo unía una gran amistad con el escritor y periodista colombiano Daniel Samper Pizarro; cuando estaban juntos se potenciaban, tenían diálogos desopilantes.

-¿Qué música prefería?

Le gustaba mucho el tango.

-¿Era un hombre religioso?

No, pero hacia el final – aunque nunca hablaba de la muerte – empezó a proyectar un Más Allá.

-¿Podrías decirnos algo sobre la enfermedad que se llevó a Fontanarrosa?

Yo he quedado como referente con respecto a esa enfermedad, por haberlo acompañado hasta el último momento. Se trata de la esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad neurológica autoinmune que aparece en un lugar del cuerpo y va atrofiando los músculos, y de la cual la medicina sabe muy poco. A mí me telefonea una cantidad de gente para informarse sobre el tema. Actualmente hay un tratamiento experimental en Israel, pero su seguimiento presenta grandes dificultades para los enfermos de nuestro país, lo sé porque choqué con ellas. Y en España hay una Fundación de lucha contra este mal.