I LA COCINA DEL HUMOR RECETAS – COLORES – SABORES - INTRODUCCIÓN

Michel Houellebecq afirma que el humor no salva, en definitiva el humor no sirve para casi nada. Podemos encarar con humor los hechos de la vida durante años y en ciertos casos se adopta una actitud humorística prácticamente hasta el fin. Pero en definitiva la vida  nos rompe el corazón . Y en el extremo opuesto encontramos la opinión del escritor ruso Evgueni Zamiatin (1884-1937): […] la risa es el arma más terrible: con la risa se puede asesinar todo, hasta el mismo asesinato. Luciano de Samosata (siglo II ) le confiere tanto poder que, en sus Diálogos de los Muertos, el único que se divierte en el Hades es el filósofo cínico Menipo, despreciador de los bienes terrenales y autor de sátiras. En tanto que Mark Twain (1835-1910) lo hace contemporáneo de la creación y atribuye su descubrimiento al mismísimo Adán, cuando éste imagina el agua de las cataratas del Niágara precipitándose hacia arriba. En el prólogo a su selección de textos representativos del humorismo argentino – publicada por Eudeba en 1964 – el Dr. Florencio Escardó (1904-1992) afirma que el humor es el modo más elevado de la salud mental; en su opinión las comunidades inmaduras carecen de humoristas porque en ellas la inseguridad hace más endeble y precario el sentimiento de la libertad. Y según Sigmund Freud (1856-1939) se trata de una actividad que tiende a extraer placer de los procesos psíquicos, sean éstos intelectuales o de otro género cualquiera. Por su parte, el exquisito poeta francés Paul Valéry (1871-1945) consideraba tontos a los que no comprenden la seriedad del humor; y qué acertada la metáfora del dramaturgo italiano Luigi Pirandello (1867-1936) cuando dice que el humorista se ocupa no sólo del hombre, sino también de su sombra.

Para la mayoría de nosotros, el humor cumple una función catártica y liberadora. Creo que es demasiado pedirle que nos salve, lo cierto es que nos ayuda a vivir. Es como el dinero: si bien no hace la felicidad,¡cómo ayuda! 

Y no es extraño que en la narrativa actual abunden los textos humorístico-paródicos, eso que Martín Hopenhayn llamó “la razón irónica”, que es una forma de hurtarle el cuerpo a la angustia en estos tiempos tan estresados – para utilizar el término en boga – y tan sofisticados. Lo cierto es que escritores y lectores prefieren la seriedad cuando viene al modo de esos comprimidos “recubiertos” en  los que el sabor fuerte de la medicina  está disimulado por una capa ligeramente azucarada, y que se digieren más fácilmente. 

En este ensayo no excluiré del humor a la ironía, la sátira, el epigrama, la farsa y la parodia – como hicieron en su momento Jean-Paul Richter, Pío Baroja y Luigi Pirandello – pues  considero que se trata de diferentes formas de  literatura humorística. 

Ahora bien, ¿se puede dar recetas para hacer una literatura con humor? Es innegable que en todos los tiempos – desde los antiguos griegos hasta nuestros días – se emplearon idénticos o parecidos recursos para ironizar sobre personas, ideas o situaciones. Actualmente hay talleres que enseñan la práctica del humor. Lo que nos lleva a preguntarnos si el sentido del humor es innato o algo que puede adquirirse. Yo hago la siguiente comparación: igual que para caminar necesitamos tener piernas, para hacer humor hay que haber nacido con sentido del humor; e, igual que aprendemos a correr, a saltar, a bailar, con el tiempo se desarrolla y se afina ese sentido innato. A eso apunta la sabia definición de Woody Allen: Humor es tragedia más tiempo. Porque se trata de una predisposición que alcanza su máximo desarrollo en la madurez, cuando la experiencia de lo vivido nos revela que las cosas tienen más de una cara, que pueden ser consideradas desde diversos ángulos y que ciertas perspectivas ayudan a soportar la realidad cuando ésta no nos gusta. 

Para saber si alguien está dotado de sentido del humor, yo le propondría un sencillo test: 

-Si tuvieras que describir a un dipsómano en un relato, ¿cuál de las siguientes frases emplearías? 

a)X. era un alcohólico. 

b)X. era un borracho consuetudinario. 

c)X. era un incansable promotor de la industria vitivinícola. 

Si elige a) o b), inútil inscribirse en un taller de humor. 

Quizás sea necesario insistir aquí en el hecho de que el presente trabajo se refiere principalmente al humor en la literatura. Y de paso despejemos el equívoco que mete en la misma bolsa humor y comicidad, basados ambos en un desajuste, en un desvío de la norma universalmente aceptada. Pero: 

•los bloopers no son humor; 

•las groserías como único recurso no son humor; 

•la escatología como único recurso no es humor; 

•los chistes “verdes” no son humor. 

El humor es una reelaboración inteligente de la realidad con intenciones críticas o simplemente lúdicas, y dicha reelaboración puede darse a través del dibujo, de la gestualidad o de la palabra oral/escrita; responde casi siempre a hechos concretos que funcionan como disparadores (un libro, un film, una postura política o religiosa, una coyuntura social, determinadas características de una persona…), y nos muestra indirectamente sus defectos o revela el aspecto contradictorio de las cosas. La respuesta a la situación humorística es generalmente una sonrisa lúcida y comprensiva: la sonrisa es atributo de la razón. 

Lo cómico no permite el análisis profundo y  su efecto es inmediato: la risa viene y se va, y hasta puede hacernos sentir un poco tontos. En tanto que los mecanismos del humor soportan ser desmontados y analizados, aunque el autor los haya empleado de una manera espontánea. 

Me parece que en esta confusión entre humor y comicidad radica el intríngulis de la resistencia de muchos escritores a ser considerados como humoristas, al punto que algunos se ofenden cuando se los ubica en esta categoría, como si se tratase de una mala palabra. Y niegan la calidad de tales a autores como Sterne o Fontanarrosa. Pero, si a los  que escribieron tragedias los llamamos trágicos, ¿no es lógico que llamemos humoristas a quienes practican el humor en forma de sátira, parodia o absurdo? Es evidente que no quieren ser confundidos con los cómicos de la televisión, a los que se ha dado en llamar igualmente “humoristas”. Por eso prefieren ser encuadrados en la categoría más general de escritores, o en la de periodistas. 

A comienzos del siglo pasado, en su ensayo sobre el humorismo, Pirandello denunciaba un rechazo similar del término “humorista”: El periodismo, cierto periodismo, se ha adueñado de la palabra, la ha adoptado y, esforzándose por hacer reír más o menos desaforadamente y a cualquier costa, la ha divulgado con ese falso sentido. Tanto que hoy, todo verdadero humorista evita con cierto recato, y hasta desdeña, calificarse de tal: - Humorista, sí, pero…no confundamos – se considera necesario advertir – humorista “en el verdadero sentido de la palabra”.[…] Y más de uno, para no pasar por bufón, para no ser confundido con cien mil humoristas de morondanga, ha querido desechar la palabra manoseada, abandonarla al vulgo y adoptar otra: “ironismo”, “ironista”. 

Otra explicación posible del rechazo que sufre este apelativo, es la tendencia  de la gente de letras argentina a tomarse demasiado en serio: aunque produzcan textos paródicos o llenos de ironía, aspiran a que éstos sean tomados como palabra de Evangelio, ¡ojo con divertirse! ¡no estoy jugando, señores! Actitud contradictoria, si las hay. En las antípodas del lema de la comedia antigua, que “castigaba haciendo reír”. Imbuídos de su  seriedad, tal el Humpty Dumpty de A través del espejo, no toleran un apelativo que, en su opinión, los desacredita. 

Aclaro que el propósito de este trabajo no es pedagógico, sino simplemente ilustrativo: muestra, sugiere, compara, comenta. Espero que resulte de algún interés para los amantes de la literatura humorística.