"THE ACT OF KILLING" Y EL SIGLO XX

 

El siglo XX es como una bestia, que da a luz a otras bestias, a criaturas frágiles que no están ni vivas ni muertas, que son promesa pero vomitan sangre y muerte[1]. Una de esas criaturas es Anwar Congo, revendedor de entradas de cine devenido “gangster”, asesino de “comunistas” en Indonesia, luego del golpe militar de 1965 que exterminó el libre pensamiento y fundó miedo en toda una nación que  en la actualidad vive bajo líderes de esa misma carnicería. No hay posibilidad de estar en contra del gobierno sin ser aniquilado, a nadie se le ocurre porque hay sólo un relato oficial. Pero mediante un discurso cinematográfico desarrollado bajo dos instancias de representación-una que recrea las matanzas en base a los recuerdos de quienes mataron, que buscan reivindicarse frente a generaciones que no vivieron esa época, y otra que captura ese proceso de creación-Joshua Oppenheimer reabre ese capítulo de la historia de Indonesia, hace ejercitar la memoria, la imaginación de sus protagonistas para recrear esas matanzas del modo que ellos creen que fueron, de la manera en que ellos se imaginan así mismos y quieren ser imaginados. Y lo hacen, lo cual no es raro, bajo la forma del cine clásico norteamericano, del cine de género como el de gangsters, y el musical. El film cobra diferentes códigos que son los que consumieron en los cines de sus barrios y que configuró una manera de ver, de rememorar lo vivido. Quizás la única razón, además del simple deber ciego y sordo de matar comunistas (“sé que estaba mal pero lo tenía que hacer”, dice Anwar), haya sido que estos querían prohibir la exhibición del cine que ellos más disfrutaban. Ansiaban ser gángsters, cowboys y como verdugos repetir eso que veían en pantalla, ser su espejo. Es el ser humano amoldado a la técnica, al aparato que lo rige todo. Anwar es una de sus tuercas que fielmente hace lo que ésta necesita para subsistir. Se convirtió en un hombre-máquina que no combate por un ideal sino por el mero hecho de deber, quizás para sólo recibir un redito económico y vivir para consumir tranquilo bajo la mentira del estado servil[2]. Pero en el film, al verse reflejado en pantalla se horroriza de lo que ve y comienza a reflexionar. Hasta ese momento podía describir los asesinatos de forma amena, jocosa pero como dice Benjamín, de la guerra se vuelve pobre en cuanto a experiencia comunicable[3]. De esa vivencia no aprendió nada. Anwar quiere dejar una enseñanza a sus nietos, por eso les muestra la escena en la que él es machacado, pero los niños no comprenden y se asustan, porque el hecho en sí no les da una enseñanza, solo una impresión. Anwar todavía no es capaz de poner en palabras su sentir, dentro de él hay una catarata de sentimientos en constante movimiento violento que lo arrasa y no llega a comprender. Anwar es el enigma de un pasado del que sus huellas se van borrando y que termina en un abismo[4]. Anwar vive en una negación a no ser por esas pesadillas que sufre por las noches y de las que no se puede librar ya que será preciso que una primera experiencia sea llevada al fracaso antes que el negador haya adquirido el derecho a dormir que su negación le garantiza[5]; es decir, que para exorcizar sus pesadillas debe primero comprender que vive en una negación constante a merced solamente de la necesidad de vivir y no de la búsqueda de verdad, o completitud del ser. Debe desentrañar la maraña de sentimientos encontrados que conviven en él. Un aspecto interesante del análisis de Badiou sobre la bestia que describe Mandelstam en su poema, es la de su “sonrisa insensata”[6] que coincide perfectamente con la sonrisa de Anwar y sus compañeros al relatar sus hazañas, al mirar hacia el pasado. Sonrisa que encierra por un lado la esperanza del vivir y por otro la ausencia de sentido de lo real. No hay relación reflexiva entre esas sonrisas y los asesinatos, pero igualmente conviven. Anwar parece querer creer que lo que hizo fue lo correcto y hasta que es agradecido por las propias víctimas, (como en la escena en la que colocan en el cuello de Anwar, no un alambre como él hizo para terminar con ellos sino una medalla en agradecimiento por darles la muerte); cree haber tomado la mejor elección para todos pero esta está vaciada de sentido y eso es lo que finalmente parece comprender. En muchas ocasiones los “gangsters”  comentan que el significado de esa palabra en inglés, con la que ellos se sienten orgullosamente identificados, es “Free man”. Podríamos creer a primera vista que esto es así si sólo tomamos en cuenta que son sujetos que viven en completa impunidad, pero son presos de sus propios demonios, de la propia alienación en la que viven. No son conscientes de que sus vidas son manejadas por una fuerza mayor, una bestia que les exige sangre para asegurar su vigencia sin ensuciarse las manos y que lo único que les queda a ellos de esa experiencia es desamparo, desesperación, cinismo, atomización. Por eso resulta irónica la banda de sonido de la escena del paisaje de ensueño en donde mujeres danzan alrededor de Anwar junto a un Herman travestido, al son de “Born free”, canción con mensaje conformista y tranquilizador que poco tiene que ver con la realidad del ser humano. Llevan en si uno de esos males que no es sentido por quien lo porta, como un tumor que no genera sufrimiento, que desconocen su existencia pero quizás intuyen; sus vidas se ven reducidas al estado de órgano servil y ni siquiera lo saben. En esa entrega el hombre pierde la oportunidad de la completitud al transformarse en solo funcional a un sistema, que no tiene sentido para él mismo, porque apenas la destrucción ha terminado, se hallan igual que otros en la sucesión, a merced de lo que han destruido, que entonces comienza a reconstruirse[7]. Por eso en términos de Bataille Anwar es lo que él considera como hombre de acción (político) porque del acto de servir a una causa que transforma lo existente, no le queda nada más que el haber actuado en pos de una idea que fracasa.

Es justamente en “The act of killing” donde se ve ese carácter  histórico del cine, su poder de proyección, como proyectil, impulso del que habla Godard en sus “Historia(s) de cine”. El poder del archivo audiovisual reside en conformar la historia de una humanidad vista desde diferentes perspectivas que la realidad particular de cada ser tiene vedado (Haced pasar por vuestros espíritus, tensos como una tela, vuestros recuerdos con sus marcas de horizontes[8]). Es la historia del cine pero cada ojo negocia por sí mismo, de ahí la multiplicidad de historias (tú historia tú del cine[9]). El film de Godard como el de Oppenheimer tienen algo en común: en los dos estos artistas sin borrar su presencia dentro del relato, crean desentrañando el dispositivo cinematográfico, interrogan sobre la propia idea de representación sin olvidarse de todo el aparato industrial que lo opera por detrás (Hollywood como el gran triunfador) y que configura la mirada de los espectadores. “Qué grande es el mundo a la luz de las lámparas” dice Godard, habla de la luz de la lámpara del proyector, también de aquella luz que se impregno en los granos de celuloide para transformarse en imagen y también la luz interior que es la llama creadora, el éxtasis por la vida (las películas hay que quemarlas con el fuego interior. El arte es como el incendio, nace de aquello que arde[10]). La historia del cine es grande porque se proyecta, es la pantalla recuerdo. El film que tratan de hacer los gangsters es una sustitución de sus miradas acorde a sus deseos, a como quieren ser vistos. Se trata de la mirada hacia el reflejo de lo que somos o queremos ser y es esta frase de Godard la que mejor sintetiza la búsqueda que parece proponerse “The act of killing”: hace falta el cine para las palabras que se quedan en la garganta y para desenterrar la verdad[11]. Aunque  Anwar al final del film todavía no pueda generar un discurso sobre sus sentimientos, estos se exteriorizan finalmente en ahogo, en arcadas que tratan de vomitar palabras. Pero su culpa por el sufrimiento de otros lo posee finalmente por completo. Porque la guerra está ahí, en el desconcierto maldito que crean sus remordimientos[12], sitúa al individuo en un umbral. Es necesario para comprender un siglo no anclarse en datos objetivos sino es su subjetivación, y eso es lo que hace “The act of killing”, que es el relato de la transformación de un individuo. Y es en esa cuestión en la que se contrapone a la idea de Bataille del artista o acto artístico, porque aunque es cierto que el sentido se da a condición de que no sea verdad, al darle una existencia espectral a una porción de realidad quizás se pueda aprender algo y a través del juego, de poner el cuerpo y la psiquis en pos de una representación como lo hizo Anwar, se pueda vivenciar en carne propia lo que de otra manera le seria ajeno aunque tan cercano. Es decir, que creo que mediante el arte se puede esclarecer, encontrar la respuesta de las tinieblas pero nunca encontrar la completitud del ser. Pero lo maravilloso de este film es que no es meramente ficción, es fabula, mito de la verdad viviente que son los seres que la conforman: Anwar y sus amigos son personas reales, no personajes que emergen de la mente de un artista, que danzan para la cámara mostrándose como lo que son y lo que no. Sólo el mito devuelve a la comunidad donde se reúnen los hombres a aquel que con cada prueba había visto quebrarse la imagen de una plenitud más amplia. Solo el mito entra en los cuerpos de los que une y reclama la misma espera. Eso sí, la película que se proponen es un intento de mitificar una realidad pero no lo logran. Es de ese fracaso que surge un nuevo mito que no sólo dialoga con la realidad de un país sino con la de la humanidad entera. De alguna manera Anwar es nuestro propio reflejo, ternura y terror confinado en un cuerpo que vive alienado y que de a ratos despierta para sentir inconscientemente el peso de depender del sufrimiento ajeno para poder sobrevivir. No hay forma de escaparle al horror porque el orden en el que vivimos se funda en el crimen y no deja otra opción que aceptar la verdad del crimen o la virtud mentirosa de la ley.

 

 



[1] Badiou, Alan. EL siglo .Editorial Manantial, Buenos Aires, 2005. Cap. 2, pág. 33.

[2] Bataille, Georges.  La conjuración sagrada: Ensayos 1929-1939. Adriana Hidalgo  Editora, 1999. Cap. El aprendiz de brujo.

[3] Benjamín, Walter.  Experiencia y pobreza, 1933. http://www.agrupacionmayo.com.ar.

[4] Ibíd. 1, pág. 42.

[5] Ibíd. 2, pág. 249.

[6] Ibíd. 1, pág. 43.

[7] Ibíd. 2, pág. 240.

[8] Godard,  Jean luc. Historia(s) del cine. Cap. 2A.

[9] Ibíd. 8, Cap. 1A.

[10] Ibíd. 8, Cap. 2B.

[11] Ibíd. 8, Cap. 2B.

[12] Ibíd. 8. 1A.


Aquí va para el curioso el poema de Osip Mandelstam

EL SIGLO

Siglo mío, bestia mía.
!Quién podría contemplar tus pupilas
y juntar con su sangre
las vertebras de dos siglos!
La edificadora sangre mana
de la garganta de la tierra
y sólo el parásito tiembla
en el umbral de los nuevos días.

Cada animal debe arrastrar,
en vida, su espina dorsal.
Y una ola juega
con la columna invisible.
Como el tierno cartílago de un niño,
el siglo de la infancia de la tierra
de nuevo sacrificó, como a un cordero,
la plenitud de la vida.

Para liberar al siglo,
para comenzar un nuevo mundo,
hace falta unir con una flauta
los desiguales días de la rodilla.
Este siglo agita la ola
de la tristeza de las personas
y entre la hierba anida la víbora,
medida de este siglo de oro.

 

Aún brotarán del verdor los embriones
y crecerán los tallos,
pero tu espina está rota,
!Mi bello y doloroso siglo!
Y con una sonrisa sin sentido
mirarás atrás, dulce y cruel,
como bestia en un tiempo flexible,
para contemplar la huella de tus garras.